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Las misiones en América

AMÉRICA LATINA: Las misiones en América

Historias poco contadas de nuestra Historia

Hablar de la conquista o descubrimiento de América, implica entrar en un terreno tan amplio de causas y proyecciones, que intervienen en él desde el proceso histórico que llevó a España a dar ese paso trascendental (de no haberse librado de la dominación mahometana, quizás no lo hubiera dado), el contexto de aquel tiempo, la evolución misma de la civilización, hasta llegar al debate de nuestros días sobre los hechos que dieron lugar a tejer lo que se dio en llamar la “leyenda negra”.
Por sobre cualquier consideración, debe señalarse que en el proceso de las civilizaciones y su trascendencia en la historia, hay finalidades (como las que tuvo España en América al evangelizar y fusionar las razas) que no están exentas de hombres y acontecimientos que con sus acciones y efectos jugaron un rol desvirtuante. Y este es el caso de muchos conquistadores rudos y ambiciosos que hicieron del descubrimiento de América su propia conquista, sometiendo y exterminando aborígenes, en tanto que otros hacían respetar las leyes de Indias que los protegían.
Refiriéndonos a los primeros, podemos decir que si la raza indígena americana, no sufrió mayores padecimientos y matanzas, no se debió ni a la compasión ni al cansancio de los españoles conquistadores, sino al cuidado que tuvieron los sacerdotes, a cuyos obispos confiaron las leyes españolas la vigilancia de la vida y la libertad de los nativos, transformándose así en sus protectores legítimos. Esto fue así desde el primer desembarco en América.
Muy pronto la Iglesia comprendió su papel evangelizador en el mundo recién descubierto y fueron enviados misioneros para convertir a los indios. El primero que cruzó el Atlántico con ese fin determinado fue el catalán Bueil, benedictino, juntamente con otros once sacerdotes elegidos para esta misión por bula pontificia del 24 de junio de 1493. Una cifra significativa, doce, iniciaba la evangelización en América en un lejano día de San Juan. Y tras aquellos primeros doce apóstoles de América, se precipitó poco después una multitud de hombres de Dios, ansiosos de llevar la palabra y el amor de Cristo a aquellos hombres que ignoraban la Buena Noticia.
Los dominicos, cuya principal función era la predicación, corrieron a abrazar el apostolado del Nuevo Mundo, y lo mismo hicieron los franciscanos, agustinos, capuchinos y lazaristas; pero con más ardor todavía se consagraron a este objetivo los jesuitas, sociedad de vigorosa juventud, deseosa de superar a los demás en celo y padecimientos, y que iba a demostrar a lo largo de su accionar en América su genio obstinado y a la vez flexible. En este sentido, una larga polémica que tal vez tildaríamos de recurrente ha criticado a la Compañía de Jesús; pese a ello nos toca admirarlos cuando vemos lo enorme de su vocación evangelizadora.
Después de considerar las perfidias y atrocidades que acompañaron en muchos casos al descubrimiento, reconforta el ánimo contemplar a estos héroes de Dios, los cuales llenos de viva compasión por la degradación en que vivían los pobres indios, ya sea por la ignorancia propia o por la situación de esclavitud a que los sometían, hicieron holocausto de sus vidas por llevarles la verdad, arrostrando las crueldades de la barbarie o las de la ambición desmedida de quienes sólo buscaban el provecho propio.
Hoy se hacen expediciones científicas con gran despliegue tecnológico; en aquel entonces, el misionero partía para conquistar un mundo sin más instrumentos que la cruz y el breviario. Y no bastaba el valor en empresas en que no se trataba sólo de matar y dominar a los pueblos, sino que se requería también ciencia para convertirlos; hablar en su lengua, comprender sus costumbres, sus ideas, refutar sus antiguas creencias, y saber exactamente hasta qué punto la moral y la religión pueden condescender con las costumbres y las preocupaciones del hombre.
En medio de aquel paisaje inmenso, de ríos nunca vistos, de bosques ilimitados que desembocaban en llanuras inconmensurables donde el hombre se perdía como en medio del océano, el misionero, a merced de los elementos, rodeados de fieras y reptiles, lo mismo que de hermosos pájaros desconocidos, penetraba por sendas que ni la avaricia se había atrevido a pisar, avanzando en busca de conversiones o muchas veces del martirio.
Sólo Dios desde lo alto veía al franciscano con su tosca túnica y sus pies descalzos, o al jesuita con su gran sombrero, sus negros hábitos, el crucifijo en la cintura y el breviario bajo el brazo, recorrer aquellos bosques vírgenes expuesto a los más grandes peligros. Si acaso sucumbía, el misionero expiraba alabando al Señor, y otro compañero que seguía sus pasos, al encontrar sus restos los sepultaba, rezaba una oración al mártir, plantaba en aquel sitio una cruz y continuaba su camino dispuesto a sufrir igual suerte.
En muchos casos, los indios se habían acostumbrado a ver en los europeos sólo al hombre que quería su oro, sus mujeres o su libertad, de modo que admiraban al misionero que nada les pedía. Admiraban la intrepidez con que estos hombres desarmados hacían frente a sus amenazas y que muchas veces sufrían estoicamente el cautiverio o el tormento, y se agrupaban alrededor del sacerdote que pocas palabras hablaba en su dialecto, pero que les enseñaba el cielo y una cruz. ¿Era un mago? ¿Venía del cielo?, pensarían.
Un nuevo encanto percibían en sus palabras y le escuchaban atónitos cuando les invitaba a dejar la vida errante, los matrimonios múltiples, los banquetes humanos y a mirarse en la santidad de la familia y la sociedad.
Muchas veces los misioneros se proveían de instrumentos musicales como medios para atraer a los salvajes y llenaban los aires de sencillas melodías. Con este nuevo prodigio los indios acudían a escuchar los himnos de la Iglesia, con lo cual empezaban a gustar los placeres que proporciona en vivir en sociedad, y procuraban desde luego imitar estos cantos alrededor de la cruz o de la efigie de María.
Muchas tribus no tenían aún en sus lenguas las palabras Dios y Alma y entonces era un verdadero esfuerzo hacerles comprender esos conceptos a través de ideas materiales. Otras, indiferentes a toda religión, no habían recapacitado jamás en los deberes de ninguna de ellas, y la mayor parte tenía costumbres opuestas a la predicación, como ser la ligereza infantil, la orgullosa gravedad, la brutal venganza y los continuos incestos, que eran los enemigos que bajo diferentes formas tenía que combatir el misionero.
La piedad, la moral pura y una e incontrastable eran las armas de que podía disponer. Cabe recordar la figura de San Francisco Solano convirtiendo a los indios con las dulces notas de su violín.
A través de toda la América indígena los misioneros convivieron con los salvajes, durmiendo en fétidas cabañas, les enseñaron a labrar con instrumentos de madera, les enseñaron oficios, mientras les hacían comprender la idea de Dios.
Al alejarse de una tribu, siempre dejaban grabada en ella alguna máxima moral o algún ejemplo que imitar. Un misionero que acompañó a unas familias fuera del lugar que habían devastado los indios iroqueses, escribía: “Somos sesenta entre hombres, mujeres y niños, y todos muertos de hambre. Las provisiones se hallan en manos de Aquel que alimenta a los pájaros del cielo. Parto cargado con mis pecados y mi miseria, y tengo necesidad de que se ruegue por mí”.
Ninguna recompensa podían esperar en este mundo, y algunas veces ni aún la satisfacción de saber que procedieron bien, y después de una vida fatigosa partían sin la seguridad de haber convertido aún a muchos de aquellos feroces y enigmáticos indios.
Vasconcellos, un misionero jesuita, cuenta que tratando de convertir a una vieja moribunda, le exponía los artículos de la fe, las leyes de la caridad y le preguntaba si quería ingerir algún alimento; pero el azúcar ni ninguna cosa europea le agradaba. Muchas veces se le respondía: “No queremos un paraíso donde están los europeos”.
¡Qué tremenda idea! ¡Qué terrible debe haber sido para aquellos misioneros escuchar reproches como aquél, consecuencia del trato cruel de los malos cristianos!
No hay que preguntarse si aquellas regiones fueron regadas con sangre. Los jesuitas cuentan trescientos mártires entre sus compañeros en el siglo XVII, tan es así que cualquiera que visite los antiguos colegios fundados por ellos, verá los largos claustros tapizados de bustos, no de aquellos que según se decía permanecían intrigando alrededor de los tronos, sino de los que perecieron difundiendo con la cruz, la evangelización.

La lucha misional
Los misioneros en América, en medio de sus santas fatigas, conservaban a pesar de todas las adversidades, la mayor tranquilidad de espíritu, y el que era capaz de ello dirigía a su jefe el relato de sus empresas, que después fueron recopiladas bajo el título de “Cartas edificantes”, renunciando siempre a la gloria del estilo mundano y contentándose con la sencilla exposición de los hechos.
A pesar de esto, no olvidaron la ciencia profana y compusieron diccionarios de las lenguas indígenas, otros señalaron los mejores frutos para el comercio, descubrieron nuevas tierras. Otros fueron antropólogos. Un jesuita encontró en Tartavia (Asia) una mujer hurona que había conocido en Canadá, deduciendo de esto la proximidad de los continentes, América y Asia, antes que lo confirmase el mismo Behring.
En las Antillas, los misioneros se opusieron, en cuanto estuvo de su parte, al exterminio de los naturales y después trabajaron muchísimo por mitigar la penosa suerte de los pobres negros, sin dejar de señalar los malos ejemplos dados por los católicos.
Reflexionando sobre estos hechos, pudo decirse que la evangelización fue un milagro del Espíritu Santo, pues los indios que padecieron la falsedad y crueldad de muchos que decían ser cristianos, aceptaron la cruz en sus corazones.
En México, el más civilizado de los lugares conquistados, algunas semejanzas culturo-religiosas, facilitaron la obra de sustituir las deidades con el Dios de los vencedores.
Ya la cruz ocupaba los altares antiguos, el águila azteca cedía su sitio a la paloma y los monjes reemplazaban a las castas hijas del Sol. Se calcula en seis millones el número de bautizados desde 1524 a 1540. Otro dato para tener en cuenta: El papa Clemente VII envió a Martín de Valencia con doce frailes menores para que se convocara a un concilio que arreglara las cosas en materia religiosa. En ese concilio se abolió la poligamia, estableciendo que quien se presentara al bautismo lo hiciera con una sola mujer y la conservase. En 1555 se reunió otro concilio, pero el más célebre fue el de 1558 que sirvió de base a la disciplina religiosa de esos países.
En un principio no se permitió a los naturales entrar en el sacerdocio, pero luego se autorizó el ingreso con ciertas restricciones.
Los mexicanos conservan un gran afecto y gratitud a los misioneros y no olvidaron a fray Bartolomé de las Casas, ni a Bernardino Rivera que sugirió la idea de fundar un colegio, donde se reunieron más de cien jóvenes indios, destinados a difundir la fe entre sus paisanos. Gonzalo de Tapia (jesuita) atravesó el país de océano a océano, aprendiendo las lenguas y civilizando muchas tribus hasta llegar a Sinaloa.
Los jesuitas, en 1680, tenían setenta misiones en México, que se veían obligadas a luchas permanentemente no sólo con la inestabilidad de los indios, sino contra la desconfianza de los mismos españoles, ya que procuraban abolir la esclavitud y la servidumbre de los naturales.
El clero, a pesar de estos desencuentros con los conquistadores, no tuvo que luchar como en Europa contra la autoridad civil y estableció la igualdad en la Iglesia. Empleó el Evangelio para extirpar la triple superstición de la naturaleza, el tiempo y el fatalismo, y se unió con el pueblo contra la oposición del gobierno de la metrópoli.
La aparición de la Virgen de Guadalupe a un indio en una montaña de México, llevó a elevar la opinión que se tenía de ellos y el lugar se constituyó en un santuario espiritual protector, antes de que se construyera el santuario material.
Toribio Alonso de Mogrovejo, nombrado por Felipe II arzobispo de Lima en 1580, tuvo que luchar contra los frutos de la fiereza y avaricia de los conquistadores, en medio de guerras civiles entre ellos y opresión a los naturales, recorriendo la ciudad de Lima, lo mismo que los campos y las montañas, evangelizando y consolando a los habitantes. Sufrió por ello las persecuciones de los gobernadores del Perú, pero no retrocedió y alcanzó la santidad, mudando la fe de la Iglesia peruana que paralelamente florecía en la figura de la Patrona de América, Santa Rosa de Lima.
Pedro de Valdivia llevó a los padres de la Merced a Chile; después, en 1553, llegaron los dominicos y franciscanos, y en 1593 le visitaron los jesuitas bajo la dirección de Martín Loyola, sobrino del fundador de la compañía (San Ignacio de Loyola).
En Bogotá, los misioneros convirtieron al jefe Lagamoxi y tras él atrajeron a una gran cantidad de gente que se ponía bajo la protección de los religiosos, liberándose así de los conquistadores.
Los capuchinos fundaron muchas ciudades en Venezuela y llegaron hasta las riberas del Orinoco no visitadas aún. En este lugar quedaron los jesuitas Ignacio Llaure y Julián de Vergara, que permanecieron allí hasta 1576 en que los neófitos se dispersaron con motivo de la llegada de los holandeses.
Los capuchinos aragoneses fundaron la misión de Santa María de Cumaná y los padres observantes evangelizaron allí hasta Unare.
Los jesuitas fundaron villas e iglesias hacia el río Amazonas convirtiendo a los mezquitos y sus tribus vecinas, y el padre Cipriano Baraza abrió a costa de muchos trabajos un camino que atravesaba los Andes colombianos con el objeto de ir al Perú a obtener ayudantes para la evangelización.
En la Florida las misiones dieron poco fruto, pero produjeron bastantes mártires. En 1549 fueron allá cinco dominicos que recorriendo la zona fueron asesinados en 1565. Pedro Menéndez que fue allí a conquistar, llevó consigo a jesuitas, que separados de sus compañeros, permanecieron en aquella desconocida región donde también fueron asesinados por los salvajes.
Otros que llegaron después corrieron igual suerte, y todas las tentativas posteriores no obtuvieron resultados satisfactorios.
No podemos seguir paso a paso el sendero de la cruz, conformémonos con decir que al principio del mil seiscientos, América ya contaba con cinco arzobispados, veintisiete obispados, cuatrocientos conventos y magníficas catedrales, entre las cuales se encuentra la célebre de Los Angeles.
Antonio de Herrera, en su Descripción de las Indias, afirma que a los indios les gustaba la liturgia de las ceremonias católicas; deseaban ayudar en la misa, cantar en coro y adornar las iglesias con las flores de sus selvas.
Entretanto los jesuitas enseñaban por todas partes la gramática y las artes liberales y agregaron un seminario al colegio de San Idelfonso en México, donde al igual que en Lima habían fundado ya una universidad. De este modo, la conquista se convertía en misión, y la sed de sangre en civilización.
Pero el país donde los indios estaban reducidos a la más miserable condición por el inicuo sistema de las encomiendas era el Paraguay. Sin embargo, en medio de aquellas selvas, las más feroces tribus, no habían sido reducidas ni conquistadas por los españoles.
Ya muchos misioneros, y principalmente Francisco Solano y Luis de Bolaños, habían acudido a evangelizarlos; pero su celo había sido coronado por el martirio y sus frutos muy escasos, cuando el franciscano Francisco de Victoria, obispo del Tucumán con asiento en Santiago del Estero, se dirigió a los jesuitas que tanto habían trabajado en el Perú y el Brasil. El padre Anchieta, provincial de este país envió a Santiago a los padres Francisco Angulo y Alfonso Bárcena, que junto al lego Juan Villegas, ya estaban prácticos en las misiones.
Una de las páginas más bellas de la historia de los jesuitas, y uno de los pretextos para su posterior supresión, fue escrita en las misiones del Paraguay. Recorrieron con prontitud todo el país evangelizando, educando y oponiendo la mansedumbre a la ferocidad -tanto de salvajes como de españoles-, y enseñando que no era una sola cosa cristiano y asesino, como los salvajes creían firmemente.
Ante todo era necesario aprender la lengua, y teniendo cada tribu una particular, los jesuitas las estudiaron y alfabetizaron a los indios.
Sin fanatismo, sin intolerancia, se introducían con dulzura, corrigiendo los vicios, especialmente el de la embriaguez que habían tomado de los españoles.
Empezaron pues pidiendo al Rey, que fuesen declarados libres todos los indios que pudiesen reunir; pero aunque su influencia hizo que su proposición fuese oída por el monarca, tuvieron necesidad de toda aquella destreza y constancia de que les acusaba el mundo, para reprimir las quejas de los colonos, que querían conservar la esclavitud, y para conseguir hacerse en el desierto mártires de la civilización y la libertad.

Una obra trascendente
Los jesuitas dedicaron especialmente sus cuidados a los guaraníes, pueblo supersticioso pero que, amante de la tierra en que vivía, se oponía fuertemente a las atrocidades de españoles y portugueses por igual. A este pueblo ofrecieron los jesuitas protección y trabajos menos penosos y más fructíferos que los que hacían, echando los cimientos de aquello que luego, enfáticamente, se llamó el “Imperio guaranítico”.
Fray Luis Bolaños, discípulo de San Francisco Solano, había fundado allí una pequeña comunidad, que luego los jesuitas fomentaron y tanto progresó, que poco después pudieron comunicar a su superior, que estaban prontos a recibir el bautismo 200.000 indios.
España quedó admirada de ver los logros alcanzados por los jesuitas, y el rey decretó que aquellas poblaciones no fueran conquistadas, sino con la espada de la palabra, ni tampoco reducidas a la esclavitud.
El resultado animó a los jesuitas a consolidar las primeras obras, pero se convencieron que no podrían conseguirlo sino reuniendo a los indios y manteniéndolos alejados de los españoles, ya que era más fácil amansar a los aborígenes que vencer la corrupción de muchos europeos.
Solicitaron, pues, que el obispo y el gobernador les concediesen plena facultad para reunir a los neófitos en lugares distintos, ordenarlos a su modo, sin que dependiesen en nada de las ciudades coloniales cercanas, edificar iglesias, y oponerse en nombre del rey a todo el que bajo cualquier pretexto quisiese apoderarse de los neófitos (como llamaban a los aborígenes aprendices de artes y oficios) para emplearlos en el servicio personal de los españoles.
De este modo preparaban para la civilización a los naturales, ganándose para sí mismos la enemistad de aquellos a cuya ambición y avaricia se oponían, impidiéndoles repartirse a los indios en encomiendas, Fueron los padres Cataldino y Maceta quienes fundaron la primera parroquia, en base a una reducción de 200 familias de indígenas, en Loreto a orillas del Paraná.
Muy pronto se aumentaron las reducciones, haciéndose expediciones para convertir otras tribus indígenas. Desde 1593 hasta 1746 se fundaron treinta y tres parroquias en el Paraguay, entre los guaraníes y los indios moxos y chiquitos en el Alto Perú, hoy Bolivia. La iglesia era el núcleo de la colonia. Se fundaron entonces, las reducciones y parroquias en los sitios más hermosos, generalmente cerca de los ríos o arroyos, con casas de piedra de un solo piso, colocadas en cuadro alrededor de la plaza pública, donde estaba la iglesia, la casa de los jesuitas, el arsenal, el granero y el hospital para los forasteros. Cada pueblo de éstos era gobernado por un sacerdote, persona muy respetada en la compañía, que se ocupaba de la administración, mientras un teniente ejercía funciones espirituales y todos dependían de un superior a quien el Papa daba amplias facultades, aún para impartir la confirmación.
Los jesuitas habían conseguido hacer desaparecer toda dependencia del gobierno central de la colonia, y tenían autarquía para producir y manejar su propia economía. La voluntad del sacerdote era ley y los colonos dependían de él como de un patriarca que todas las mañanas escuchaba las quejas y hacía justicia.

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Quelle: http://www.nuevodiarioweb.com.ar/notas/2012/1/9/misiones-america-381364.asp

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